Allí arriba…. Bilbao

Sé que llevo varios meses sin escribir, en este tiempo me han pasado cosas muy buenas que os iré contando en próximos posts.

Hoy quiero hablaros de una ciudad fascinante, la cual conocí el pasado mes de Mayo y debo decir que me impresionó tanto que estoy deseando volver : Bilbao.

Siempre he querido conocer el País Vasco, me llama mucho la atención el contraste de paisajes y arquitectura, y el caracter de su gente que haceque tu estancia sea plenamente placentera y amena. Otro punto fuerte de esta tierra es su diversidad astronómica (los pintxos son manjar para dioses, me gustaron todos y cada uno de los que me llevé a la boca, y eso que no soy de mucho comer).

En primer lugar, si vas en coche, no te comas la cabeza y mételo (o al menos inténtalo) en un parking. No os exagero, nos llevamos casi dos horas dando vueltas para encontrar aparcamiento en los alrededores del Museo Guggenheim. Todos los parkings estaban completos, hasta que por fin encontramos un parking que cambió su luminoso rojo de “Ocupado” a…… “Por fin libre”…. Salimos del parking, y por fin, allí en la lejanía divisábamos el brillo dorado (o plateado, depende como le dé el sol) del gran Museo Guggenheim.

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Para llegar hasta el museo, bordeas una de las orillas del río Nervión, caminar hacia el museo es realmente relajante con las vistas a la otra parte de la ciudad donde aprecias un gran contraste de arquitectura moderna y edificios del casco antiguo de la ciudad, separados por el río.

Cuando te pones a las plantas del Guggenheim, realmente impresiona su inmensidad, yo debo reconocer que me emocioné al verme allí, tan pequeña, frente a ese gran edificio brillante y con una araña de dimensiones descomunales sobre mi cabeza.

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Justo a la espalda de esta estampa que os acabo de descibir, se encuentra Puppy, un gigantesco perro de la raza Westie hecho con flores, muy conocido por ser la mascota del museo. La historia de este maxi perro, que por cierto es increiblemente bonito, fue creado por Jeff Koons (ex de la famosa Ciccolina), en 1992 para una muestra de arte en Bad Arolsen, Alemania. Puppy está construido con una estructura de acero cubierta por una gran variedad de flores, y un sistema interno de irrigación. La escultura fue desmontada y montada de nuevo en el Museo de Arte contemporáneo de Sydney, Australia, hasta que en 1997 la Fundacion Solomon Guggenheim la adquirió y la puso a las puertas del museo Guggenheim de Bilbao.

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Una vez vistos los exteriores, con sus fotos correspondientes, llega la visita al museo. Podéis adquirir los tickets (16€ la tarifa de adultos) a través de la web oficial del museo http://www.guggenheim-bilbao.es/

Normalmente hay varias exposiciones itinerantes dentro del museo, yo me quedo con Sombras de Andy Warhol, así soy yo, me encanta este artista plástico, me parece que fue una persona adelantada a su tiempo y que era un artista único, que nos ha dejado un gran legado para el disfrute de la humanidad. Esta exposición estará en el Guggenheim hasta el mes de Octubre, por lo que aún estás a tiempo de disfrutarla si tienes pensada una escapada a Bilbao.

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Tras la visita, el estómago nos sonaba un poco y decidimos irnos de pintxos por las calles aledañas al Guggeheim. No os puedo contabilizar la cantidad de pintxos que entraron en mi cuerpo ese día, sin olvidarme del acompañamiento…el chacolí. El chacolí es un vino blanco, super fresquito, que entra en el cuerpo con demasiada facilidad, está muy muy pero que muy rico, pero cuidado que se sube un poco a la cabeza si no acostumbras a beber, como yo.

La primera parada fue en Alkartexte, un pequeño bar que tenía unas tapas que quitaban el sentío (es una expresión muy andaluza, quiere decir que estaban de muerte). Recomiendo sobre todo la morcilla, impresionante no, lo siguiente.

El bar estaba a reventar, ese día jugaba el At. de Bilbao, que ganó, y el dueño es aficionado hasta la médula. Recuerdo que mi equipo los acababa de eliminar y aún así hicimos buenas migas con él, nos acogió como si nos conociera de toda la vida. Es un gran tipo el dueño de este bar.

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Una vez repusimos fuerzas, cruzamos el famoso puente de Calatrava, no nos resbalamos, y llegamos al casco antiguo de Bilbao.

Lo primero que me llamó la atención fue el ayuntamiento, me quedé sin palabras, nada que ver con los ayuntamientos que he visto en mi vida, simplemente impresionante.

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Con el cuerpo y la mente ya completa de arte, paseamos por todo el casco antiguo dónde pudimos ver la catedral, sus edificios y calles interminables, y la belleza inmensa que nos envolvía y que nos enamoró definitivamente.

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Después de dar este gran paseo por el casco antiguo, se me antojó ir a la basílica de Begoña…. yo no sabía que estábamos a unos 8km y que para llegar tuvimos que subir unos cuantos escalones… perdí la cuenta de los escalones que subí, con deciros que acabé mareada cuando llegamos y me tuve que sentar a respirar aire puro. Lo mejor de todo es que cuando llegamos estaba cerrado y faltaba más de una hora para que abrieran las puertas. Mi marido creo que pensó en tirarme rodando escaleras abajo, pero se comportó y finalmente no lo hizo.

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Espero que os haya gustado este post y os animéis a visitar esta bella ciudad, os aseguro que os encantará.

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